domingo, 30 de noviembre de 2008

¿Dejar la televisión?

Rescato el penúltimo artículo que queda del anterior blog, en vista a la desesperante noticia de que el viernes por la noche cierta entrevista a cierto delincuente fue líder de audiencia. ¿Cómo es capaz este país de darle dinero a alguien que le robó tanto, y removerse en el morbo de esa forma? No lo entiendo, de verdad, no lo entiendo. Todo esto es muy triste. En fin, aquí va.

Otra de esas cosas que escribí hace tiempo...

Voy a empezar a dejar de ver la televisión. Me he convertido en uno de esos malditos anuncios: “Ahorra tiempo y esfuerzo”. No me esfuerzo en hacer bien las cosas, solo quiero acabarlas pronto y sin cansarme. Intento que mi vida se parezca a alguna de las que veo en ella, a pesar de que sé que son ficticias. Después veo a sus esclavos desfilar como una burda banda de clones, todos iguales, con la mente podrida por esa basura, con sus looks, sus modas, sus formas de «ser», sus inválidos valores, sus inútiles ambiciones, sus ideas mal formadas, sin educación, ni cultura, ni aprecio a la vida ni a lo que realmente vale. Sin amor, sólo vicio, egoísmo. Produce una terrible ceguera que hace que confundas lo que ves. Es causante del peor de los males: la ignorancia. Pero con el mal añadido de que pienses que lo sabes todo.

Cuando la enciendes sólo hay dos cosas que ver: basura o publicidad (es decir, más basura). Da igual lo que elijas, ambas te van a hacer cambiar, te van a vender algo, algo que no quieres, que no necesitas, algo que a lo mejor hasta detestas. Pero te acabará gustando, y desde entonces serás fiel a ello y no permitirás que lo insulten o que lo ataquen, antepondrás eso sobre todo lo demás, olvidando una vez más lo importante, lo valioso, lo que quieres realmente, lo que forma parte esencial de tu vida. Lo que tú eres en realidad.

Si hay algún programa bueno que emiten, al poco tiempo te lo acaban quitando, porque no consigue suficiente audiencia. Escasos son los que sobreviven a este fenómeno, y no es el que sea bueno el motivo, sino que de alguna forma produce ingresos, genera beneficios, o que algún grupo de ignorantes lo ve por alguna extraña razón que nada tiene que ver con el argumento, la finalidad o el mensaje que manda, o porque alguien deja por ahí la caja tonta encendida, bien por “ambientar” (otra estupidez aprendida de ella) o porque simplemente necesitan tener una imagen delante (sin importar lo que sea) o porque estaban viendo el programa anterior y han olvidado apagarla, quizás porque se han quedado idiotizados, atontados.

Por eso voy a dejar de verla. Me he dado cuenta del mal que me hace, del mal que hace a todos. De las trampas que utiliza para engañarnos, o hacernos pensar o creer cualquier cosa que se propongan. De las mentiras que nos enseñan y de los datos confusos y falsos que nos da. De cómo intenta manipularnos, decirnos qué hacer, cómo hacerlo. Alguna vez la encenderé, para ver si ha cambiado algo, o si hay alguna cosa buena que ver. Y si aparece alguna de sus muchas cosas malas haré lo que hago ahora cuando la veo: analizar lo que se me muestra y cuestionarlo, decidir por mí mismo si eso es verdad o no, si es posible o imposible, bueno o malo. Y no sólo eso, sino ir más allá, y preguntarme porqué me lo muestra, cuál es su fin, su objetivo, qué quiere hacer conmigo, averiguarlo e impedirlo, para no caer en su trampa, para no convertirme en una víctima más.

Sí, eso, cuestionarla. Eso es lo que deberíamos hacer todos. Puede que así acabemos con su lado malo. Y si no funciona, dejarla. Sí, dejarla… pero, ¿qué digo? ¿Qué estoy diciendo? La gran mayoría ya no podrán hacerlo, creo que casi ninguno. Somos sus esclavos. Pero habrá que intentarlo, al menos.


A muchos les sonará exagerado. Seguramente lo es, o al menos a mí me lo parece. Esto lo escribí hace más de un año, y seguí viendo la tele. Un par de series a las que estaba aficionado. Ahora hace ya unos dos meses en los que prácticamente no la he encendido. Prefería enterarme de las noticias por la red, y cuanto a esas series... no son tan importantes. Además, no paran de repetir los episodios. ¡Si hasta me sé los diálogos de memoria! Ayer la encendí, para "acompañar" la cena, y estuve cosa de quince o veinte minutos haciendo zapping, pero no paraban de emitir publicidad. De todas formas, noté cómo ya no me quedaba parado embobado mirándola como antes a veces me pasaba. ¡Soy inmune a su influjo! O eso parece. Y, bueno, no sé, pensé que igual os apetecía saberlo.

Saludos.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

¡Feliz Navidad a todos!

Hola, quería aprovechar la ocasión para felicitaros a todos los lectores de este blog las fiestas navideñas que acabamos de comenzar... ¿cómo? ¿que aún no es Navidad? ¿Pero qué me están contando, si ya he visto anuncios en la tele, y escaparates adornados, y árboles por muchos sitios...? Espera, a ver... ¡¡26 de noviemre!! Vaya, me pensaba que ya era 26 de diciembre. Aunque, la verdad, importa poco, ¿no? Se podría decir que la Navidad ya ha llegado. Entoces, pues...

¡Llegó la Navidad! Sí, esas fiestas, tiempo de paz y amor, de dar y recibir, de compartir, de que las familias se reúnan, y recuerden el nacimiento de Jesús, tiempo para hablar de todo lo bueno que nos ha ocurrido, de dar las gracias por lo que tenemos, de no salir de casa para quedarnos todos juntos lo más cerca posible de la chimenea, de reencuentro…

Para los que, como yo, ya no puedan aguantar más la risa, digo lo que quieren oír: ¡¿Pero qué estoy diciendo?! Esa definición de Navidad quedó para la posteridad, para las películas, los libros, y las viejas historias y leyendas. Ahora la Navidad es otra cosa. Ya no empieza el 25 de diciembre, sino un mes antes (y se sigue adelantando cada vez más). Al final parecerá que celebramos las sospechas de José.

Tampoco tiene los mismos valores de antes. Ahora lo que manda es la envidia, el presumir, el lujo innecesario y a veces inalcanzable. Para las comidas y cenas, más abundantes que las del resto del año, servimos manjares que no sólo son los más caros, sino que hemos pagado por ellos un precio superior al que habríamos pagado en otra época del año. Y lo mismo con nuestras vestimentas.

Los niños esperan impacientes la llegada de familiares de residencia lejana, pero ya no para poder verlos después de un largo tiempo, sino para ver qué regalos les traen, que tampoco esperan ya de Nicolás o de los Tres Reyes. Regalos, sí, que ya no pueden ser simples juguetes, o alguna ropa o utensilio o material para los estudios, ahora son costosas y avanzadas videoconsolas para los pocos que no tienen, para los que sí videojuegos nuevos, que tampoco tienen nada que ver con los de hace unos pocos años.

Las fiestas en las que se encontraban familiares y amigos se han convertido en enormes derroches en los que un montón de desconocidos se reúnen para pasárselo bien.

Las familias se reúnen, al igual que los amigos, para poder presumir de lo que tienen, o criticar a los que no, y reprochar todo lo que puedan, y practicar el cotilleo. Siempre está el pobre de turno, que intenta ingenuamente que todo vuelva a ser como antes. Pero a él le va a tocar la peor parte, pues todos le harán quedar como un idiota, lo excluirán del grupo, lo rechazarán por sus nobles ideas.

Cuando acaba, todos vuelven a sus hogares, a sus rutinas, un poco más tristes y desilusionados, más doloridos, un poco más pobres, algunos con los kilitos de más que perdió el verano anterior...

¿Qué sentido tienen entonces la reunión, los regalos, las comidas, las cenas, las doce uvas, Papá Noel, Los Tres Reyes Magos, el nacimiento, la lotería, el amor y, en fin, todo lo que da un poco de ilusión en estas fechas? Por favor, no nos engañemos con la respuesta. Pero qué se le va a hacer: ya está aquí, la Navidad ha llegado. ¡Felices fiestas a todos!


Nota: excepto el párrafo introductorio, esto es un texto que escribí hace cosa de dos (o puede que más) años. Tan solo he querido exponerlo aquí, antes de que la Navidad se pasara. Hace un año exactamente lo publiqué en la anterior ubicación de este blog, ¿casualidad?

Gracias.